El jardín que dejé atrás

 
Una de las cosas que me gusta de mudarme es proyectar una nueva casa, nueva decoración. Ir estructurando qué irá en cada espacio, idear conceptos distintos a los que tenía antes, cuidando que siempre se mantenga mi personalidad. 
Y uno de mis espacios preferidos de mi casa siempre ha sido el jardín. Este siempre es un punto clave a la hora de buscar vivienda. Donde sea que vivamos tiene que tener al menos un mini balcón. Por suerte, en los cuatro sitios donde he vivido desde que me casé y me fui de casa de mis papás he tenido el privilegio de tener los espacios más agradables para crear ‘mi jardín’. 
Siempre he creído que no se trata de la infraestructura, sino de quien lo habita. Del cariño y la vibra que se le ponga.
Y creo que tanto es el cariño que le he puesto a cada uno de estos espacios, que ha sido difícil dejarlos. Me apego fuertemente a todo aquello que me ha hecho feliz. Y me he apegado mucho a cada una de mis plantas.
Como han sido mudanzas de un país a otro, no he podido llevarme ninguna. Entonces siempre ha habido una acción premeditada sobre qué hacer con todas ellas. Y he cometido errores, y también han habido aciertos. En mi primera mudanza sentía que era un bonito gesto ir regalando mis matas a quien visitaba mi casa… aprovecha y llévate este cactus… ¿te gusta esta orquídea? Llévatela… y así fui… pero entonces fue doloroso meses después enterarme de algún paradero fortuito… las dejaron morir, o las dejaron abandonada cuando se fueron del lugar.
Así que en mi última mudanza no quería improvisar. Cuando alguien iba de visita y me preguntaba ¿y qué vas a hacer con todas tus matas? “Ya tienen dueño” trataba de explicar. No quería que por el entusiasmo comenzaran a llevárselas personas que no son de jardinería. A muchos les gusta como se ven de adorno, pero jamás tendrían iniciativa de cuidarlas.
Seleccioné con detenimiento sus nuevas madres adoptivas, y las dejé ir. Dos días antes de irme me desperté y ya no quedaba ninguna. Fue ahí cuando me sentí realmente ida. Las cajas y los muebles se los habían llevado progresivamente desde hace semanas. Pero mis plantas era lo último que quedaba de ese hogar.

Han pasado meses desde que me fui, y soy afortunada de tener ya otro jardín, pero todavía siento nostalgia al pensar en esos ‘espacios’ que he dejado atrás; y cómo estarán esas plantas que fui repartiendo en cada ciudad.

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