Regresar…

Llevo esperando este momento desde el día que me fui… He soñado con regresar tantas veces, imagino una y otra vez el olor que hay en el ambiente, la temperatura y los colores. Pero ha sido más complicado de lo que nunca imaginé. Porque la vida es así, cada vez un poquito más complicada.

Si alguien me hubiese dicho que iba a pasar tres años sin poner mis pies aquí, estoy segura que deba vuelta en U en Maiquetía y regresaba a armar de nuevo mi casa y a abrir mis cajas. Esa era mi única condición. No quiero desligarme, no quiero desligarme, no quiero desligarme… Pero y es que ¿hay alguna distancia o tiempo que en verdad logre desligarte de tu país? No lo hay.

Todo sigue igual. Todo está exacto a como lo dejé. Voy a evitar hablar de la economía y la política que han vuelto mierda TODO, pero prefiero enfocarme en algo quizás no te hayan dicho y estabas como yo, imaginándotelo…

Las calles siguen igualitas, con los mismo huecos de hace cinco años o más; las mismas casas, las mismas esquinas, los mismos colores. Ese muchacho que bajas el vidrio para preguntarle donde queda el banco Provincial, te sonríe y rápidamente te explica. El sabor del cachito de jamón que no ha cambiado a pesar de que seguramente los ingredientes no son los mismos. El jugo de parchita potente, ácido y dulcito que no te has tomado en ningún otro sitio fuera de Venezuela. Las ganas de estar siempre reunidos, armando un plan, echando broma.

Solo dos cosas han cambiado para mí. El Ávila lo veo más grande que todas esas fotos que han inundado a los venezolanos en el exterior… Y mis papas nunca habían estado tan felices de recibirme antes en su casa. Esa felicidad de “visitarlos”…. Eso sí que no lo había vivido antes.

Y no tiene precio, regresar.

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